BAJO FUEGO
Los pueblos del alba
Por José Antonio Rivera Rosales
Contra todos los pronósticos, el movimiento popular que propugna la paz, la justicia y el desarrollo en Guerrero entró en una fase de consolidación que difícilmente podría ser contenido por los embates de la delincuencia o del gobierno.
El movimiento popular representado por la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG) repuntó notablemente su presencia en la entidad como una alternativa viable para las comunidades más pobres del sur, que sin recelo alguno se han agrupado en torno de un solo propósito: luchar contra la pobreza, a la que consideran el verdadero enemigo.
Por vez primera desde los tiempos de la Guerra de Independencia o de la Revolución Mexicana, los pueblos originarios, los pueblos mestizos y los pueblos negros empujan hombro con hombro, hombres y mujeres juntos, para alcanzar nuevos estadios de desarrollo y emancipación social a pesar del gobierno mismo, que los ha considerado como un obstáculo para el ejercicio del poder.
Durante su Convención Estatal ocurrida los días 5 y 6 de enero pasado, tres años después de su fundación, unas 15 mil gentes de comunidades de la región Centro, Costa Chica y La Montaña se dieron cita en la Ayutla de sus ancestros para discernir el rumbo histórico de este movimiento popular que hunde sus raíces en los estratos más profundos de la sociedad, con su origen reconocido en el Consejo Guerrerense 500 Años de Resistencia Indígena, Negra y Popular, fundado allá por 1990 como una respuesta incipiente al pretendido “Encuentro de Dos Mundos” que, con una visión racista, se impulsaba desde el gobierno federal para conmemorar los 500 años del arribo de los españoles a tierras americanas.
Ese pretendido “Encuentro de Dos Mundos”, concepto fallido que intentaba encubrir el genocidio cometido por la Corona Española contra los pueblos originarios, tuvo su respuesta el 12 de octubre de 1992 cuando decenas de miles de indígenas marcharon por las principales plazas del país en una marcha simbólica que se denominó Nunca Más un México sin Nosotros.
En Guerrero, tierra de pueblos resueltos, la conmemoración se denominó, de manera más contundente, Nunca Más El Silencio.
A partir de entonces los pueblos originarios comenzaron a elevar su voz para exigir su lugar en la historia nacional, pero ahora en compañía solidaria y colaboración con otros pueblos, a los que reconocieron igualmente oprimidos: los pueblos campesinos mestizos y los pueblos afro descendientes, que reclaman ser reconocidos como tercera raíz cultural de México.
Hermanados en el olvido, la pobreza y la marginación, estas tres raíces culturales del sur de México se han comenzado a organizar para luchar contra el enemigo común: la pobreza.
Pero, a diferencia de la visión gubernamental que pretende tratarlos como residuos de guerrilla o narcotráfico, estos pueblos han expresado claramente que su principal vocación es la paz, una paz duradera sustentada en el desarrollo, en el respeto a sus tradiciones y creencias, en el trato igualitario a sus comunidades en tanto integrantes sustanciales de la sociedad nacional.
Aunque en el gobierno de cruzaban apuestas sobre el tiempo que le quedaba de vida al proyecto popular de la UPOEG, en silencio las comunidades se han ido integrando con cada vez mayor cohesión.
Pero ya no se trata sólo de unas siglas: se trata de un genuino proyecto de emancipación que busca construir su propia paz social dada la renuencia de los gobiernos federal y estatal para entender sus razones.
En silencio, muchas comunidades del centro, Costa Chica y Montaña, se han ido integrando al movimiento para enfrentar así, juntos, los retos de la pobreza, de la delincuencia y de la descomposición social.
Numerosas comunidades de Tierra Colorada, Chilpancingo, Quechultenango, Ometepec, Igualapa, Xochistlahuaca, Tlacoachistlahuaca, Malinaltepec, Acatepec, Tlacoapa, Metlatónoc y Tlapa, por mencionar algunos municipios con interés decidido en la integración de sus propias policías ciudadanas y sus propios proyectos de desarrollo, han afirmado su participación en este proyecto que, con una estructura de mando horizontal, ha anclado sus raíces en el México Profundo.
A diferencia de los partidos políticos, que constituyen una clase política codiciosa y parasitaria, o de la oposición armada, que impulsa una opción violenta, este movimiento popular pretende construir una nueva sociedad desde sus propias comunidades como célula irreductible de su identidad.
Habremos de volver sobre el tema en una próxima entrega.
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