Cuando el cargo público no borra al ser humano - Libertad Guerrero Noticias

Cuando el cargo público no borra al ser humano

🔘 La verdadera dimensión de una regiduría también se revela en la forma de escuchar, recibir y tratar a quienes llegan en busca de ayuda

Por Angélica Ontiveros Mújica

ACAPULCO, Gro., (04/Octubre/2026). - Hay puertas que uno aprende a tocar con cierta resignación. Se toca la del funcionario, se espera a que alguien responda, se deja un mensaje, se insiste al día siguiente y después otra vez, hasta que el ciudadano termina entendiendo que conseguir una respuesta puede ser casi tan complicado como resolver el problema que lo llevó hasta ahí.

Lo digo porque me ha tocado hacerlo. Durante años, por trabajo y también por circunstancias personales, he tenido que buscar a funcionarios, pedir atención, solicitar orientación y tocar puertas en distintos espacios del gobierno. Conozco los mensajes que se quedan en visto, los números telefónicos que se entregan como si fueran una vía directa y terminan convertidos en silencio, las citas que nunca llegan y las antesalas donde una secretaria parece tener más poder que el funcionario al que uno intenta encontrar.

También conozco las excepciones.

Y por eso escribo esto.

El Cabildo de Acapulco tiene 20 regidurías. Veinte espacios desde los cuales sus integrantes participan en comisiones, discuten asuntos públicos y representan a la ciudadanía. El reglamento establece atribuciones, pero ninguna norma puede decirle a un funcionario cómo debe mirar a la persona que tiene enfrente.

Ahí empieza otra parte del servicio público.

Una que no aparece en los informes.

José Ángel Mejía Álvarez, presidente de la Comisión de Atención y Participación Social de Migrantes, tiene una manera de recibir que, al menos en mi experiencia, merece ser señalada.

Una sonrisa, un apretón de manos, una palmadita en la espalda y una frase que he escuchado de su propia voz y que, precisamente por ser tan sencilla, dice bastante más de lo que parece:

“Corazón, estamos aquí para servirles”.

Después viene otra:“Te escucho, cuéntame”.

Puede parecer una cortesía menor. No lo es cuando uno ha conocido el extremo contrario.

Porque escuchar no significa prometer. Tampoco significa que un regidor pueda resolver aquello que le plantean. Hay asuntos que escapan a sus facultades y peticiones que necesariamente deben canalizarse a otras instancias. Pero existe una diferencia enorme entre decirlo con claridad y hacer sentir a quien pide ayuda que está estorbando.

Esa diferencia importa.

¡Mucho! Y aquí hay algo que conviene decir sin rodeos: la empatía no viene incluida con el género.

Muchas veces una mujer que ocupa un cargo público genera, de entrada, una expectativa distinta. Se piensa que habrá mayor sensibilidad, mayor comprensión frente al dolor o una disposición natural para escuchar. Es una expectativa entendible, pero no necesariamente cierta.

La sensibilidad no se obtiene con una candidatura. La empatía tampoco viene en el nombramiento.

Se demuestra.

Por eso prefiero hablar de conductas antes que de géneros. He encontrado mujeres que han sabido escuchar y hombres que también. He encontrado funcionarios que abren la puerta y otros que parecen haber puesto otra detrás de su escritorio.

Mejía, en mi experiencia, pertenece a los primeros.

Y reconocerlo no significa convertirlo en un funcionario intocable. Tampoco supone afirmar que su desempeño deba quedar fuera del escrutinio. Quien ocupa un cargo público tiene que rendir cuentas, aceptar preguntas y responder por sus decisiones. Eso no cambia porque sepa dar un buen apretón de manos.

Pero tampoco hay razón para fingir que los buenos gestos no cuentan.

Cuentan, sobre todo cuando se vuelven costumbre.

En la política se habla mucho de cercanía, de territorio, de ciudadanía, de servir al pueblo. Son palabras que se repiten tanto que a veces pierden significado. La verdadera prueba llega cuando no hay discurso, no hay acto público y no hay cámara frente al funcionario.

Llega una persona.

Tiene un problema.

Y quiere ser escuchada.

Ahí se sabe mucho.

No hace falta que el funcionario tenga una solución para todo. Hace falta que tenga la honestidad de decir hasta dónde puede llegar, la disposición de orientar y el respeto suficiente para no hacer sentir menos a quien está frente a él.

Parece poco.

En realidad, es una de las formas más básicas de entender el servicio público.

Después de tantos años de tocar puertas, uno aprende a distinguir entre quien recibe porque debe hacerlo y quien recibe porque entiende que para eso está ahí.

José Ángel Mejía ocupa una regiduría. Tiene una comisión, responsabilidades y obligaciones que corresponden al cargo. Todo eso puede revisarse, cuestionarse y evaluarse como debe hacerse con cualquier servidor público.

Pero hay algo que no se mide en un informe: la manera en que alguien te hace sentir cuando llegas a pedir ayuda.

Y eso también habla de un funcionario.

El cargo es temporal. La oficina cambia de dueño. Los nombramientos y los periodos terminan.

El trato queda.

Por eso, entre tantas promesas de cercanía, quizá valga la pena detenerse en algo mucho más sencillo: una puerta que sí se abre, una mano que sí se extiende y alguien que, antes de preguntar quién eres o qué puedes ofrecerle, simplemente te dice:

“Te escucho, cuéntame”.

Edición: Redacción

Libertad Guerrero Noticias, periódico online editado desde el puerto de Acapulco, Guerrero, México, bajo la dirección del periodista Francisco Cárdenas López (Fracalo). Contacto: fracalo2001@yahoo.com.mx

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