¿Dónde está Walton?
Por
Lydia Cacho
Se
llama Luis. Es alcalde de Acapulco, la cuna del turismo mexicano de playa, y
hasta hace unos días casi nadie sabía quién es este abogado de 65 años,
originario de Acapulco, hasta que una banda criminal entró en los bungalows de
la zona Diamante y, a punta de armas largas, asaltó y violó a siete mujeres
españolas de entre 17 y 25 años.
En
dos días, el político de carrera pasó de subestimar la gravedad de la violencia
sexual contra las mujeres, diciendo que las violaciones se dan en todo el mundo
(no entiende por qué tanto escándalo), a cantinflear para corregir lo dicho y
aclarar que en realidad lo que quiso decir era que había que proteger a la
industria turística, y que, sacada de proporción, esta noticia podría generar
una alerta por parte del gobierno español (tal como sucedió unas horas
después). Ante el aluvión de críticas, Walton pidió a su staff que le diera
argumentos políticamente correctos para mostrarse en contra de la violencia
sexual y a favor de los derechos de las mujeres. Y lo hizo.
Pero
la satisfacción de salirse de un enredo le duró muy poco. Unas horas después
tenía encima a los líderes turisteros de Guerrero, hoteleros y empresarios,
exigiendo que manejara adecuadamente el “escándalo” e hiciera control de daños
para evitar que el gobierno español diera pie a que las autoridades
estadounidenses también sacaran y endurecieran las alertas para prevenir a sus
conciudadanos que viajen a Guerrero por su alta peligrosidad y falta de
certidumbre jurídica.
Perdido
entre ideas contradictorias, exigencias sociales y su falta de comprensión de
la problemática de la violencia sexual, Walton quedó paralizado. Este político
que ha sido Diputado federal, Senador de la República y líder del partido
Convergencia, así como abogado practicante y empresario durante al menos 40
años, se quedó sin palabras y se sentó a llorar. Sí, frente a la prensa lloró,
no por el dolor de las víctimas de violencia del municipio que gobierna, sino
por la desesperación ante la vacuidad de sus palabras y su imposibilidad de
reaccionar ante una situación conflictiva y delicada. Con el gobierno español
exigiendo justicia para las sobrevivientes de la violencia, los empresarios,
políticos y activistas hablándole todos a la vez, Walton no pudo sino llorar.
Este hombre que durante tres elecciones se obsesionó con gobernar Acapulco
(perdió dos hasta ganar la del 2012 gracias al apoyo del PRD), lloró para
pedirle al Presidente que haga algo por Guerrero, que defienda a Acapulco. Y
sí, como buen católico, hizo su acto de contrición pues admitió que la policía
municipal a su cargo no vigila suficientemente bien las playas donde se dio el
asalto a los y las turistas. Pero el verdadero problema lo deja en manos del
Presidente de México, porque, nos ilustra Walton, Peña estuvo en Acapulco y
prometió que la federación coadyuvaría para enfrentar la creciente violencia en
ese polo turístico y en todo el estado.
Y
no tengo nada contra el llanto, pero resulta peligroso caer en la trampa porque
el alcalde no lloraba de impotencia porque la delincuencia organizada ha
devastado zonas de Guerrero y controla la zona hotelera de Acapulco; lloraba
porque no supo conducirse adecuadamente, porque se sintió avasallado por el
ridículo y eso sí es grave. Él no es el primero ni el único gobernante de algún
centro turístico que permite que su machismo cultural le impida reflexionar a
profundidad sobre la violencia contra las mujeres y niñas. Tampoco es el
primero que cree que hay que anteponer la buena fama pública del centro
turístico al bienestar de turistas y locales. En Cancún y Puerto Vallarta se
han documentado cientos de casos de turistas atacadas en hoteles cinco
estrellas, en las playas, discotecas, calles, taxis y autobuses públicos, y las
reacciones de procuradores, gobernadores y alcaldes no han sido muy diferentes.
Efectivamente,
Walton tiene razón cuando asegura que a las mujeres se les viola en todo el
mundo, desde México hasta la India, España, Afganistán, Suecia y Mozambique,
pero cuando ese argumento es utilizado como escudo es un sinsentido. En
general, los políticos varones no saben cómo reaccionar ante la violencia
sexual, la mayoría por ignorancia elegida, es decir, a pesar de tener una larga
carrera pública no se han preocupado en aprender cómo la violencia de género
afecta todos los aspectos del desarrollo de un país, cómo es desestimada,
justificada culpabilizando a las víctimas, cómo se usa como arma de guerra y
como instrumentos de venganzas personales. No entiende, como muchos, que se
enmarca en la violencia de género, que hay formas de prevenirla y erradicarla.
Hace
años, Cancún sufrió una serie de golpes a raíz del aumento de violencia sexual
contra turistas, y ante las alertas del gobierno norteamericano la respuesta
del entonces procurador Rodríguez Carrillo fue que las mujeres provocaron a los
taxistas, guardias de seguridad de hoteles, camioneros o meseros violadores
“por su forma descarada de vestir”. Como sucedió casi paralelamente en Puerto
Vallarta, el entonces alcalde del PRI decidió acallar la nota y los hoteleros
dieron sus conferencias para asegurar que el turismo estaba seguro.
Lo
cierto es que en México sólo terminan en la cárcel uno de cada 10 violadores, y
casi ninguno recibe sentencia mayor a dos años, aunque haya leyes que dan hasta
13. Efectivamente no es responsabilidad de los alcaldes que las turistas sean
violadas, pero sí lo es comprender que hay muchos instrumentos al alcance del
Estado para prevenir la violencia sexual y facilitar la protección de las
víctimas cuando ésta no se pudo evitar. Walton podría tomarse un curso de
género con Inmujeres y, en lugar de llorar, mirar cuánto presupuesto tiene el
Inmujeres de Acapulco, cuántos centros de atención a víctimas hay en la ciudad.
Podría crear un fondo de imagen, junto con la Asociación de Hoteles, para
campañas de prevención de violencia sexual y explotación sexual infantil (dos
problemas de gran magnitud en Acapulco). Porque a final de cuentas la imagen de
un centro turístico no se limpia con dichos, sino con hechos.
Un
empresario acapulqueño dijo: “Walton llora porque ya se arrepintió y no puede
con el paquete”. Pues si es cierto, como diría Martí, si no puede que renuncie.
Si no renuncia que asuma su responsabilidad a fondo y deje de conmiserarse.
Porque todo México sabe que esos encapuchados fueron prohijados por un Sistema
que avaló la violencia y fortaleció al crimen con la impunidad.
@lydiacachosi
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