Arellano Félix dice que
los grilletes dañan su imagen; a Caro Quintero no le importa estar con matones
siempre que no esté solo; Osiel se disculpa por su actividad criminal, y 'El
Vicentillo' puede suicidarse por depresión
REPORTAJE
ESPECIAL (www.libertadguerrero.net).- Las historias se basan en la vida de
cuatro hombres encarcelados: uno se confiesa arrepentido después de años de
controlar un imperio criminal. Compungido, pide a los pueblos de México y
Estados Unidos que lo perdonen por sus acciones. Otro ha caído en una profunda
depresión y sus abogados temen por su estabilidad mental. Está en aislamiento
permanente.
Uno
más pide tener contacto humano porque le aterra la soledad de su celda. El
cuarto pide que le aflojen un poco los grilletes, que comenzaron a lastimarlo.
Son
relatos carcelarios. Rutinas de penitenciaría comunes en cárceles de todo el
mundo. Pero sus protagonistas no son ordinarios. Lejos de ello, son —o fueron—
algunos de los hombres más poderosos de México. Sus principales capos de la
droga.
¿Cómo
viven los narcos de mayor rango sus sentencias en Estados Unidos? ¿Cómo
tal los trata Washington? No muy bien.
“Mi
cliente necesita lentes y no se los dan”… “es indigno que se le mantenga con
grilletes”… “solo quiere ver a su esposa e hija”. Esas son algunas quejas
presentadas por abogados de grandes capitanes de la droga en los últimos cinco
años.
La
vida no es sencilla para ellos. Luego de sus caídas, personajes de la talla de
Francisco Javier Arellano Félix, Osiel Cárdenas Guillén, Miguel Caro Quintero y
Vicente Zambada fueron sometidos a un régimen de mano dura.
Documentos
obtenidos por MILENIO revelan el hermético mundo penitenciario de ese
país y la forma en la que los narcos sobrellevan su encarcelamiento. Es
un panorama duro, de celdas austeras, derechos limitados y nulos privilegios,
muy diferente del que gozan en México.
Son
exigencias que muestran un lado más vulnerable, pocas veces visto en criminales
que suelen estar más cerca del mito que de la realidad.
FRANCISCO
JAVIER ARELLANO FÉLIX
El
Tigrillo
fue aprehendido a bordo de un yate por la Guardia Costera de Estados Unidos en
agosto de 2006, como parte de una operación, cuya legalidad fue discutida hasta
el día de su sentencia a cadena perpetua, un año después. La defensa del
heredero del cártel de los Arellano Félix argumentó infructuosamente que su
captura se realizó en aguas mexicanas y, por ende, era ilegal. El gobierno estadunidense
sostuvo, con éxito, que se encontraba en aguas internacionales, más allá del
límite de los 25 kilómetros necesarios.
El
menor de los hermanos Arellano Félix fue llevado a juicio en la Corte del
Distrito Sur de California, con sede en San Diego. Su caso, identificado por el
número 06CR2646-01-LAB, fue asignado al juez federal Larry Burns. A lo largo
del proceso, la defensa del mexicano presentó reiteradas peticiones para
mejorar sus condiciones de encarcelamiento.
El
16 de enero de 2007 los abogados de Arellano Félix abrieron con sus exigencias:
interpusieron una moción especial “para remover todas las restricciones físicas
durante el juicio”, debido al presunto daño físico y mental que se estaba
generando a su cliente al tenerle esposado con grilletes en manos y pies, aun
dentro del juzgado.
La
defensa del mexicano, integrada por los abogados David Bartick y Mark Adams,
invocó incluso la quinta y sexta enmiendas de la Constitución de Estados Unidos
para argumentar que se estaban violentando los derechos humanos de Arellano
Félix.
La
petición inicial fue la siguiente:
“Nuestro
defendido, el señor Francisco Javier Arellano Félix, ha sido sometido a una
restricción física excepcional e injustificada durante cada audiencia previa al
juicio en este caso. En cada audiencia el señor Arellano ha sido encadenado de
las muñecas con dos diferentes juegos de esposas. Adicionalmente, sus muñecas
han estado conectadas a una cadena en su cintura y sus tobillos están en
grilletes.
“Además
de estas restricciones físicas extraordinarias, el señor Arellano es traído a
la Corte con traje naranja, escoltado por seis a 10 agentes del servicio de Marshalls
y aún custodiado por varios oficiales de la Corte durante sus presentaciones.”
Ambos
abogados insistieron en que El Tigrillo tenía “derecho a ser tratado
como ser humano”. Los grilletes, sostuvieron, violentan las disposiciones de la
Sexta Enmienda de la Constitución (que establece la obligatoriedad de un
proceso equilibrado) al generar de antemano la impresión en el jurado de que el
acusado era un delincuente peligroso.
Para
ello citaron la jurisprudencia sentada en un caso previo, Spain vs. Rushen, en
el que se estableció que una restricción física puede: 1) causar prejuicio al
revertir la presunción de inocencia; 2) afectar las facultades mentales de un
acusado; 3) impedir la comunicación entre el acusado y sus abogados; 4) restar
dignidad y decoro al proceso judicial, y 5) ser dolorosa para el defendido.
Bartick
y Adams acusaron que el trato dado a El Tigrillo era violatorio no solo
de las leyes estadunidenses, sino de la Convención Interamericana de Derechos
Humanos y la Convención sobre el Trato Digno de Reos, de Naciones Unidas:
“De
hecho, el señor Arellano ha sido obligado a sufrir la indignidad de estar
totalmente encadenado en cada una de sus apariciones en la Corte. Su
encadenamiento no obedece a ningún otro propósito que a humillarle. El señor
Arellano no representa ningún riesgo de daño o escape. Que se le encadene solo
crea un espectáculo para los medios. No hay ninguna base racional para la
restricción física del señor Arellano, excepto para pintarle como peligroso y
culpable. Es un esfuerzo que avergüenza a nuestro sistema de justicia.”
La
petición de retirar las cadenas, combatida enérgicamente por la fiscalía, fue
finalmente negada por el juez Burns. Arellano Félix fue obligado a continuar y
terminar su juicio encadenado.
***
El
16 de abril de ese año, ya en pleno juicio, la defensa de Arellano Félix
interpuso otro recurso ante el juez Burns. Pedía la modificación de sus
condiciones de encarcelamiento en el Centro Correccional Metropolitano de San
Diego (MCC-SD).
Ahí,
El Tigrillo vivía bajo condiciones que sus abogados definieron como
lamentables. “El señor Arellano ha sido detenido en el MCC desde su
aprehensión. Se encuentra en una celda solitaria, ubicada en la Unidad
Especial, usada como área de segregación disciplinaria”, expusieron.
Titulado
“moción para modificar las condiciones de confinamiento”, el argumento de
Bartick y Adams revelaba el marco en el que el ex líder del cártel de Tijuana
había sido reducido a vivir:
“El
señor Arellano está encerrado en una celda que mide 5x4 metros cuadrados, siete
días a la semana. La celda consiste de una cama de metal soldada a la pared y
un lavabo y WC. Tres veces a la semana se le permite salir de su celda para
bañarse y rasurarse en una jaula. El señor Arellano guarda sus bienes de
higiene personal, incluido su cepillo de dientes, en el piso, entre el WC y la
pared”.
MIGUEL
CARO QUINTERO
A
la prisión de supermáxima seguridad de Florence, Colorado, se le conoce de dos
formas: Alcatraz de las Rocallosas y el Infierno en la Tierra.
Se
le cataloga como una “supermax” y es lo más duro del sistema penitenciario de
Estados Unidos. Es, básicamente, un lugar al que Washington envía a quienes por
alguna razón han entrado a su lista de peores enemigos.
En
esa lista se encuentran algunos capos mexicanos de la droga, particularmente
detestados por el gobierno estadunidense. Además de Héctor El Güero Palma
y Francisco Javier Arellano Félix, albergó en su momento a Miguel Caro
Quintero, ex líder del cartel de Sonora y hermano de Rafael Caro Quintero, a
quien se le achaca el asesinato del agente encubierto de la DEA, Enrique Kiki
Camarena, ocurrido en 1985.
En
sus instalaciones, Caro Quintero compartió espacio con reos como John Walker
Lindh, el Talibán americano, y Zacarias Moussaoui, autor intelectual de
los ataques del 11 de septiembre de 2001. También con Teodore Kaczynski, el Unabomber;
Ahmed Ajaj, terrorista que participó en los bombazos de 1993 en el World Trade
Center de Nueva York, y Khalfan Khamis Mohamed, autor de los ataques a las
embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania en 1998.
Poco
antes de que fuera condenado en 2010 a 17 años de cárcel, Caro Quintero pidió a
sus abogados que lo salvaran de permanecer más tiempo en Florence, junto a ese
tipo de compañeros.
“La
forma en la que Miguel ha sido tratado es extraordinariamente dura”, argumentó
su abogado, Walter Nash, de acuerdo con transcripciones de los últimos minutos
de su proceso legal ante el juez Phillip Brimmer, en la Corte de distrito de
Colorado, el 4 de febrero de 2010.
“Mi
cliente está viviendo condiciones deplorables”, sostuvo el abogado. “Su
señoría: quiero discutir sobre las condiciones de confinamiento de este hombre
(…) le diré a la Corte que no tengo disputa con la noción de que una cárcel
federal no debe ser un club de veraneo. No puede ni debe ser fácil para una
persona estar ahí. Sin embargo, la forma en la que Caro Quintero ha sido
tratado tanto en México como en Estados Unidos ha sido extraordinaria. Ha sido
increíblemente dura. ¿Por qué lo están tratando de esta forma, dejándolo al
lado de lo peor de lo peor?”.
En
su alegato, Nash reveló que Caro Quintero había caído en una profunda depresión
producto del aislamiento. La siguiente es la descripción que hizo de la vida
tras las rejas del narco mexicano.
“El
trato que ha recibido, en esencia, ha sido el de un increíble aislamiento. Ha
estado en confinamiento solitario por más de ocho años (…) está tan aislado y
se siente tan solo que nos ha indicado que no le importa si lo ponen en
contacto con gente que pueda representar un peligro para él. Sólo quiere estar
con otros seres humanos.
“Hemos
mostrado a la Corte datos que ilustran los serios problemas mentales que pueden
derivarse de mantener a una persona aislada del contacto humano. En el
expediente del señor Caro Quintero se establece que ha recibido visitas de
psicólogos. Pero la visita solo consiste de una persona abriendo una ranura en
la celda y preguntando en un español pésimo: ‘¿cómo estás?’ Dicho eso, lo dejan
y se van con el siguiente reo. Nunca ha recibido una evaluación a fondo ni
nadie ha visto las secuelas que surgen de mantenerlo en aislamiento”, dijo el
abogado.
Acto
seguido, pidió el cambio de cárcel, una mudanza de la temible Supermax de
Colorado, el Alcatraz de las Rocallosas, a una penitenciaría más cercana a
México. “Pedimos que sea transferido a una prisión en Arizona para que pueda
ser visitado por su familia.”
Los
documentos judiciales establecen que Caro Quintero tomó después el estrado.
“Su
señoría —comenzó el capo—: he cometido un error como ser humano y estoy muy
arrepentido. Por ello, le pido el perdón de todos los que están aquí y en
particular mi familia. Prometo que no volveré a cometer un error como este. Le
pido que me deje estar con mi familia, con mis hijos, para ayudarlos a salir
adelante en la vida. Ha sido muy difícil estar separado de ellos.”
—¿Es
todo? —preguntó el juez Brimmer.
—Sí,
su señoría. Es todo, repuso el capo sinaloense.
Al
final, a Caro Quintero se le transfirió a una nueva prisión. Pero no en
Arizona. Le enviaron a Memphis, Tennessee, a 2 mil kilómetros de Sonora.
OSIEL
CÁRDENAS GUILLÉN
Lo
que pidió el jefe del cártel del Golfo después de saber que iba a perder el
juicio penal es que su familia lo acompañara. Había negociado un acuerdo con
Estados Unidos: entregar 50 millones de dólares a cambio de una sentencia no
tan dura. Lo que hacía falta era saber qué tan fuerte sería el golpe.
Las
transcripciones del último día del juicio, el 24 de febrero de 2010, muestran a
quien fuera uno de los narcos más famosos de México bajo una luz
diferente: contrito y nervioso, rodeado de abogados para escuchar su sentencia
de boca de la juez Hilda Tagle, en la Corte federal del sur de Texas.
La
transcripción pinta a la defensa (integrada por los abogados Robert Yzaguirre,
C.J. Quintanilla y Chip Lewis), ya sin opciones, aceptando la derrota. Por el
contrario, la fiscalía se manifestaba contenta por el acuerdo. En especial por
los 50 millones de dólares.
Quintanilla:
Su señoría, anoche hablé con la señorita Treviño y quisiéramos pedir a esta
Corte si permiten a la esposa e hija (de Osiel Cárdenas Guillén) estar
presentes.
Juez:
De acuerdo. (ambas entran a la sala para escuchar la sentencia).
(…)
Juez:
Señor, ¿tiene algo que decir a la Corte antes de ser sentenciado?
Osiel:
Sí, su señoría. Por los errores que cometí, pido que me disculpen mi país,
México, Estados Unidos, mi familia, muy especialmente mi esposa y mis hijos.
Siento que en todo este tiempo en la cárcel realmente he reflexionado sobre la
mala actitud que tuve. En verdad, me siento arrepentido. También me disculpo
con la gente a la que hice daño, directa o indirectamente.
(La
juez emite el veredicto.)
Juez:
Señor Cárdenas, cuando sentencio a un muchacho de 19 años que, a cambio de
venir a Estados Unidos ilegalmente, acepta llevar mariguana, considero su vida
y las diferencias que tiene con la vida de usted, como líder de un cártel cuya
familia vive en lujo relativo. Cuando sentencio a un estudiante de 18 años por
comprar falsamente un arma destinada a México, pienso en usted, el líder de un
cártel, con sus guardaespaldas (…) Usted fue un modelo para los
narcotraficantes más jóvenes que, mostrando sus rifles de asalto, son cada vez
más agresivos y osados.
“Su
sed de poder y falta de respeto a la ley y la decencia es trágica. Secuestros,
extorsión, batallas en las calles. Una inocencia perdida: ese es su legado a su
país y a nuestras comunidades en ambos lados de la frontera. Por eso creo que
la sentencia que le voy a imponer logrará que cuando usted sea liberado, esos
narcotraficantes para los que fue modelo, lo habrán olvidado.
La
juez sentenció a Cárdenas Guillén a 25 años. Gracias a su acuerdo evitó una
posible cadena perpetua, pues se le acusaba de haber encañonado a un agente
federal estadunidense en Tamaulipas. Era un delito que le hubiera llevado,
automáticamente, a pasar el resto de su vida en la cárcel.
A
manera de despedida, la juez lanzó un último mensaje a Osiel.
Juez:
Señor Cárdenas, Dios juzga los secretos de nuestros corazones. Y Dios
seguramente le juzgará por los que tiene en el suyo. Más importante: le juzgará
por sus acciones.
(Cárdenas
guardó silencio).
La
defensa pidió a la Corte permitir a Osiel un encuentro con su hija y esposa en
privado, antes de ser enviado a una prisión federal.
Juez:
¿una visita aquí? No, absolutamente, no.
***
El
acuerdo con el Departamento de Justicia no fue exitoso. Recientemente se le transfirió
a la cárcel más temida de Estados Unidos: la Supermax de Florence.
VICENTE
ZAMBADA NIEBLA
La
carta fue remitida al juez Rubén Castillo, de la Corte de Distrito en Chicago,
el 27 de junio de 2011. Está firmada por George Santangelo, Edward Panzer y
Alvin Michaelson, abogados de Vicente Zambada Niebla, El Vicentillo, uno
de las personajes de mayor peso del cártel de Sinaloa.
“Querido
juez: por favor acepte esta carta en apoyo de Vicente Zambada Niebla y su
solicitud para que se determine por qué se le mantiene confinado en condiciones
especiales y si eso es razonable (…) Vicente ha estado detenido en el Centro
Metropolitano de Detención de Chicago desde marzo de 2010 y ha estado en su
Unidad Especial donde ocupa cuatro celdas, una a la vez, aislado de otros reos.
Duerme en una celda dos noches consecutivas y después le es requerido moverse a
una de las otras tres.”
Santangelo,
Panzer y Michalelson narraron que a Zambada Niebla (cuyo juicio fue aplazado
hasta octubre) se le tiene prohibido hablar con otros reos y solo puede
entablar diálogo con sus abogados y personal carcelario de rango superior a
teniente. Es decir, pocos celadores pueden dirigirle la palabra.
El
aislamiento, según sus abogados, es extremo: puede hacer unas cuantas llamadas
telefónicas al mes y las cartas desde México suelen perderse o arriban tarde.
“Ni
siquiera una vez a la semana el correo le es entregado a Vicente. De hecho,
recibe correo a veces con meses de atraso. Otros reos reciben su correo de
inmediato. A él solo se lo entrega su abogado y solo los jueves si es que está
disponible (…) Su familia le envía correo cada día y, sin embargo, han pasado
meses sin que lo entreguen.”
En
cuanto a su celda, tiene solo un colchón, tres cobijas, dos sábanas, una
almohada y una pequeña mesa. Se le permitía ejercicio de forma irregular en una
jaula de 40 metros cuadrados, lejos de la luz del sol y sin acceso a aire
fresco. Por razones de seguridad, nunca se le llevó al techo de la cárcel, pues
se temía que un francotirador lo asesinara para evitar que hablara.
“No
se le han dado suplementos de vitamina D (para suplir la ausencia de sol)”,
advirtieron Santangelo, Panzer y Michaelson. “Cosas simples como un refresco o
un lápiz para colorear le están prohibidos”, señalaron.
Otras
quejas presentadas por sus abogados fueron: “Los lentes de Vicente se
rompieron. No se le ha permitido reemplazarlos” y “Vicente ha hecho reiteradas
peticiones de atención médica porque sufre de problemas crónicos estomacales.
No ha recibido esa examinación”.
“El
abogado observó a Vicente a lo largo de su detención. Se le ve más y más
ansioso y deprimido. Su talante es gris”.
Los
abogados argumentaron que, al mantener a un prisionero en aislamiento extremo,
se corría la posibilidad de generarle lo que se conoce como síndrome de unidad
especial, cuyos síntomas incluyen alucinaciones visuales y auditivas,
hipersensibilidad al ruido y al tacto, insomnio y paranoia, miedo
incontrolable, distorsiones de tiempo y hasta riesgo de suicidio.
***
El
juez castillo accedió a que fuera trasladado a otra cárcel. Actualmente está en
el Centro Correccional Federal de Milán, Michigan.
Los
abogados enviaron otra carta al juez en diciembre. La situación, decían, era
peor que en Chicago, pues la celda era más chica. “Se le postergó un corte de
cabello tres semanas como castigo por quejarse”, dicen sus abogados.
Por Víctor Hugo Michel/Milenio
Septiembre/23/2012
www.libertadguerrero.net___________________________________________________


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