Rector de ornato
Jorge Valdez Reycen
El legado del doctor Rosalío Wences Reza cada día se acrecienta. Su liderazgo universitario ha sido olvidado por el tiempo y por personeros de la lisonja y cortesanía. Si el tres veces rector viviera y se percatara de las deplorables condiciones que se viven en la UAG, sería el primero en exigir la renuncia inmediata ante el H. Consejo Universitario del rector Asencio Villegas Arrizón.
Para sus malquerientes, es “Ausencio”. Para otros, es un rector de ornato, inoperante y hasta lejano. Es inexplicable su comportamiento con los postulados y doctrina que dieron vida académica y autonomía a la máxima casa de estudios guerrerense, resultan ofensivos. Su rectorado es el más anodino, gris, mediocre y pusilánime de que se tenga memoria.
Lo peor es que al señor le vale una pura y dos con sal.
Eso de andar despertando lástima ajena en cada evento del gobernador, resulta por demás jocoso y hasta burlón. Pero no se percata –o lo hace inconscientemente, quizá— de que la investidura de rector de la UAG la ofende, al presentarse como un intelectual indigente en pos de la caridad presupuestal gubernamental.
Y en este tenor, muchos voltean a ver dónde está la figura del doctor Rogelio Ortega. Su silencio, alejamiento y hasta indiferencia por el rotundo fracaso de Villegas al frente de la UAG, no puede entenderse, ni debe estar sujeta a la interpretación de que ahora es alguien ofuscado porque no lo eligieron a él.
La máxima estructura del gobierno autónomo es el H. Consejo Universitario y éste parece estar sometido, dócil y entregado a las bondades de los salarios y despachos cómodos, que ven muy distantes las expresiones de angustia y desesperación de cientos de jóvenes rechazados en las unidades académicas universitarias.
Con Wences Reza se diseñó una política con filosofía de nutrir a las bases universitarias del mismo pueblo. Con hijos e hijas de campesinos y obreros guerrerenses. “Universidad-Pueblo” fue la premisa wencista. Aquella que enfrentó con integridad y entereza cívica expresiones intolerantes y represivas de un gobierno vertical, opresivo, abusivo y totalitario.
Qué poco les duró la memoria a los universitarios de escritorio. Pusilánime su rector, su ejemplo ha cundido entre la administración central, sus bases sindicales y su planta docente de catedráticos. Perdidos en el tiempo, olvidados en la historia, los universitarios guerrerenses tienen vergüenza por un presente que ofende su lucha del pasado y compromete su futuro de independencia y autonomía.
Villegas Arrizón debe irse al aula, donde no debió salir. Su ineptitud e improvisación como líder de la UAG han quedado de manifiesto. Su dignidad y sentido común deben obligarlo a una reflexión en retrospectiva muy íntima de lo que conviene a la UAG y su permanencia en el cargo de rector.
Confieso no ser universitario, pero sí un testigo de su lucha. Crítico de los excesos y latrocinios cometidos por grupos enquistados en la UAG, la misma que una vez definió con odio y resentimiento el gobernador Rubén Figueroa Figueroa, como “buhardilla de guerrilleros”.
Esa es la historia. La UAG está en quiebra. La ha quebrado una clase universitaria insensible, mal acostumbrada a lujos y que se alejó de su misión transformadora de la pobreza y miseria del pueblo, por un reparto justo y equitativo de la riqueza forestal, minera, agroindustrial, etcétera. Se volvieron burgueses, los proletarios.
Para colmo, le dan con la puerta en las narices a jóvenes que quieren estudiar y se niegan a ser parte de la generación “Ni-Ni’s”. Rector Villegas, por favor, sea congruente. Si no puede, renuncie.
Para sus malquerientes, es “Ausencio”. Para otros, es un rector de ornato, inoperante y hasta lejano. Es inexplicable su comportamiento con los postulados y doctrina que dieron vida académica y autonomía a la máxima casa de estudios guerrerense, resultan ofensivos. Su rectorado es el más anodino, gris, mediocre y pusilánime de que se tenga memoria.
Lo peor es que al señor le vale una pura y dos con sal.
Eso de andar despertando lástima ajena en cada evento del gobernador, resulta por demás jocoso y hasta burlón. Pero no se percata –o lo hace inconscientemente, quizá— de que la investidura de rector de la UAG la ofende, al presentarse como un intelectual indigente en pos de la caridad presupuestal gubernamental.
Y en este tenor, muchos voltean a ver dónde está la figura del doctor Rogelio Ortega. Su silencio, alejamiento y hasta indiferencia por el rotundo fracaso de Villegas al frente de la UAG, no puede entenderse, ni debe estar sujeta a la interpretación de que ahora es alguien ofuscado porque no lo eligieron a él.
La máxima estructura del gobierno autónomo es el H. Consejo Universitario y éste parece estar sometido, dócil y entregado a las bondades de los salarios y despachos cómodos, que ven muy distantes las expresiones de angustia y desesperación de cientos de jóvenes rechazados en las unidades académicas universitarias.
Con Wences Reza se diseñó una política con filosofía de nutrir a las bases universitarias del mismo pueblo. Con hijos e hijas de campesinos y obreros guerrerenses. “Universidad-Pueblo” fue la premisa wencista. Aquella que enfrentó con integridad y entereza cívica expresiones intolerantes y represivas de un gobierno vertical, opresivo, abusivo y totalitario.
Qué poco les duró la memoria a los universitarios de escritorio. Pusilánime su rector, su ejemplo ha cundido entre la administración central, sus bases sindicales y su planta docente de catedráticos. Perdidos en el tiempo, olvidados en la historia, los universitarios guerrerenses tienen vergüenza por un presente que ofende su lucha del pasado y compromete su futuro de independencia y autonomía.
Villegas Arrizón debe irse al aula, donde no debió salir. Su ineptitud e improvisación como líder de la UAG han quedado de manifiesto. Su dignidad y sentido común deben obligarlo a una reflexión en retrospectiva muy íntima de lo que conviene a la UAG y su permanencia en el cargo de rector.
Confieso no ser universitario, pero sí un testigo de su lucha. Crítico de los excesos y latrocinios cometidos por grupos enquistados en la UAG, la misma que una vez definió con odio y resentimiento el gobernador Rubén Figueroa Figueroa, como “buhardilla de guerrilleros”.
Esa es la historia. La UAG está en quiebra. La ha quebrado una clase universitaria insensible, mal acostumbrada a lujos y que se alejó de su misión transformadora de la pobreza y miseria del pueblo, por un reparto justo y equitativo de la riqueza forestal, minera, agroindustrial, etcétera. Se volvieron burgueses, los proletarios.
Para colmo, le dan con la puerta en las narices a jóvenes que quieren estudiar y se niegan a ser parte de la generación “Ni-Ni’s”. Rector Villegas, por favor, sea congruente. Si no puede, renuncie.
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