Azoro
Jorge Valdez Reycen
La semana pasada, muchos
fuimos del azoro a la incredulidad. El segundo aniversario luctuoso de Armando
Chavarría Barrera fue una segunda afrenta a su memoria.
Marcado por el desinterés,
la apatía y el desaseado proceso de investigación, el 20 de agosto fue una
efeméride triste. No habrá palabras para consolar a los deudos de Armando. A su
valiente compañera, Martha, a sus hijos, padres y hermanos.
Es muy triste ver cómo la
vigencia de un político con liderazgo social y lucha política de izquierda,
haya sido agraviado por quienes fueron codo a codo a defender los últimos
estandartes de la “democracia, ya… patria para todos”.
Estremece el desdén de la
tragicomedia legislativa, llamada 59 Legislatura. Su descabezamiento –a la pérdida
de un liderazgo—generó vacíos y huecos difíciles de llenar. ¿Cómo iba a ser
posible? No hubo uno solo, ni una, capaz de estar a la altura de sus
congruentes pensamientos doctrinarios de izquierda, así de sencillo. No se diga
humanidad, en el sentido más amplio del concepto.
Chavarría sufrió otra
canallada, la del desdén e indiferencia a su sacrificio vano, inútil, injusto.
Los puntos suspensivos a la mal elaborada y desaseada averiguación previa,
significan el peor fracaso de quienes aún siendo doctos en derecho, porfiaron y
sucumbieron por miedo o por consigna a sus elementales deberes con la litis. No
tienen perdón.
Ir hasta las últimas
consecuencias, fue retórica fútil. Caldo de cultivo donde las vanidades y
envidias del mundillo soterrado de la grilla, fermentaron en odio, traición y
venganza.
Chavarría no podrá
descansar en paz. Clama justicia, desde ultratumba, no hay duda.
Quienes lo conocieron,
saben que su creencia religiosa en santos, lo custodian y conducen. Es un
compromiso hecho sobre la vida y que se extiende a los valles de la muerte. Y
sus enemigos lo saben, también. En el inframundo de las deidades a las que
ofrendó su vida Armando, en vida, han garantizado justicia.
Lo de la semana pasada fue
conmovedor en todas las lecturas. Chavarría Barrera evidenció, con dedo
invisible, a quienes no podían estar ya simulando, ni desgarrarse vestiduras,
como lo hacían los sumos sacerdotes. Evidencias muy a la vista. Lenguajes no
divulgados.
Armando y su familia duelen
aún, a dos años de su pérdida física. La intelectual no muere, y eso cala
hondo. “Podrán matar al hombre, más no a sus ideas”, repetía con airado frenesí
el sacrificado legislador.
Lección desde la muerte,
para aquellos que se decían amigos.
Azoro, es el descomunal
sentimiento que deja el asombro de lado. De Armando hay que guardar su risa y
su mirada, vivaz, inteligente, aguda. Ahora dialogará con Fouché, a quien leía
o leyó alguna vez con codicia. Maquiavelo le dará algún asiento preferencial de
su agenda. Y algún ajedrecista lo retará a sostener partidas duras, cerradas e inacabables.
Chavarría, vive. No hay
duda. Y eso duele a muchos.
La familia está triste,
porque es humano el sentimiento. Lo comparto, con la humildad de haber sido un
conocido y hasta crítico suyo, pero por desgracia no su amigo. Más no así los
lamentos, ni penas, porque ni él los hacía suyos en el infortunio o la
adversidad. No fue vencido, le jugaron una trampa.
Agosto/27/2011/
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